domingo, 18 de enero de 2009

Los Pies

Para el imaginario popular era alguien muy especial sabes, lo que mas se recuerda del tipazo éste es que nunca se detenía, su perseverancia. Ni por lluvia, sol, viento y muchos menos por cansancio, cosa que -según dicen- nunca sintió. Vaya a saber uno desde este momento del tiempo si serán ciertas esas cosas, viste como es que uno le agrega algo y que el otro la exagera un poco mas, pero bue. Ahora te digo algo... si llegan a ser verdades sus atribuciones estamos hablando de un fenómeno, de un tipo que vivió sin pensar en él sino en los demás. Entendeme bien che que no hago referencia a ninguna creencia religiosa ni nada de esa merca grisácea. No no para nada. Su bondad brotaba de sus pies –dicen- no de la idea intelectual vacía o de la fe. Sus pies eran su motor de impulso y la vida de los pibes del barrio La Torcaza -un lugar para vivir en un mundo de los que nunca ni remotamente tuvieron una pizca de posibilidad de elección- su meta final. Aunque la gente del "centro" peyorativamente le decía La Torcaza Asesina como presagiando lo que te podía pasar allí. Eso sí, muchos aseguran que nada que ver he, que si mas vale que es un barrio con carencias, un sitio en emergencia, con necesidades, mmm un barrio pobre digamos -ni se te ocurra decirle villa por que la carga ideológica que tiene esa palabra me hierve la cabeza- pobre diría humilde.
Entonces lo que hacía el maestro de sujeto éste, era colaborar con lo que hacía falta. Lógico que la carencia principal era el morfi, más vale, entonces organizaba un comedor móvil los domingos o cualquier día para que los chiquillos en primera instancia, aunque después se sumaba la familia completa ¿Como le vas a negar un arroz a los grandes? -va grande es una manera de decir por que las madres promediaban los veinticinco, veintiséis- lo importante es que se llenaran panzas. ¿Que como lo hacía? Y mira era fácil, uno cuando pone los pies en movimiento llega a todo, todo te digo he, todo. El pedazo de pan éste agarraba su bicicleta destartalada y se recorría supermercado por supermercado, quioscos, negocios digamos y hablaba con los propietarios y les cantaba las treinta y tres y listo. De diez negocios que visitaba dos o tres le daban algo seguro, mientras el resto lo despreciaba por hacer el bien -una cosa poco entendible, pero que en la realidad pasa, siempre se mira desde abajo para arriba al de lentes y barbita con la rubia al lado, por mas que sea un garca de la puta madre y al humilde trabajador se lo mira de arriba para abajo -si la gente supiera la guita que tenía el buen hombre éste, nada mas que nunca te lo iba a demostrar. Es mas dicen que solía decir que los hombres nacemos iguales solo que algunos se degradan con la enfermedad económica y otros crecen.
A él no le importaba nada, salvo una cosa, que los pibes del barrio La Torcaza puedan comer y estudiar. Lo primero por que decía que sin ello nunca se llegaba a lo segundo; y esto por que sostenía -hasta llegar a las piñas de ser necesario- que con la formación los pibes obtendrían armas para pelearle al futuro, para cagar a trompadas su suerte esquiva y hacer sus propios caminos de enhorabuenas. Por eso te decía que el corazón iluminado éste es de los grandes pero de los capos de verdad he, por que sus pies no se detenían jamás, salvo un par de segundos cuando -te lo juran quienes lo vieron- solía sacarse sus zapatillas a medio gastar para calzar a algún adolescente. Los pies significaban para él algo metafóricamente fundamental, pues ellos dan la posibilidad de andar y así crecer y deducir lo que es la existencia atreves de la experiencia vivida por el hecho mismo de trajinar. Capaz que pensó que quién caminara descalzo renegaría con piedritas o ampollas y así se desentendería del camino verdadero. Pero había otra cosa que era indispensable para su óptica del mundo, el tiempo. Sabio como pocos en la estúpida era actual, fue constante con su emprendimiento, no faltó en años un solo sábado por la mañana a la casa que el centro vecinal le donó para que haga sus obras benéficas. Todos y cada uno de los fines de semana caminaba hasta La Torcaza llevando una guitarra criolla desafinada -según dicen- y uno o dos bolsos llenos de mercadería y libros. Entonces la bendición ésta de Alá, llegaba y les preparaba –con ayuda de algunas madres- la leche a los pibes que nunca bajaban de cuarenta o más, les daba bizcochos y arrancaba la clase con una canción para niños. De esas tontitas en tres tonos nomás pero que generaban carcajadas, risas, gritos, etcétera a las nenas mas que nada por que los burrumines se la pasaban en el patio jugando a la pelota en una cancha armada con cuatro buzos y cuyos límites naturales eran en una banda el aljibe viejo y en la otra la planta de mandarinas –que como te imaginaras vivía pelada-. Ahora eso sí, según cuentan -que te digo, yo lo creo totalmente- él los reunía sin excepción tipo once de la mañana a los cuarenta, cuarenta y pico y los sentaba en el piso mientras agarraba una tiza para copar el pisaron con ideas. Ahí estaba el tema, las ideas. Eso era lo que buscaba mas que cualquier otra cosa: enseñar, inculcar lo que mas se pueda a pibes de diez años promedio, cosas que en el momento quizás no entenderían pero... pero con el viejo y siempre desapercibidamente recibido tiempo podrían germinar, la semilla digamos -a mira me salió una especie de agro-relación-. Entonces el Jesús éste les decía que el mundo era un sitio donde había lugar para todos, que las familias eran lo mas valioso, que el dinero no es la felicidad y que se parece mas a su antónimo, que la sociedad estaba compuesta por personas como ellos y que no eran mas ni menos que nadie, que los sentimientos sobre patriotismo son discutibles y que lo mas importante en la vida era el amor y el bien. Eso les decía, imagínate los pobres changos se deben haber aburrido, pero el trozo de cielo éste les daba a cuentagotas una visión del universo. Universo que ellos conocían sucio y desprolijo, lleno de injusticias y de carencias. Mundo de padres alcohólicos y madres laburantes, tierra jodida para pisar digamos; áspera y caliente. Es más me dijo el charlitos, un amigo que estuvo por el centro vecinal hace muchos años, que en la pared del patio el magnifico éste había escrito "optimismo" con ladrillo colorado. Que se yo, le habrá resultado útil como inyección anímica para esos momentos complicados donde se caen lágrimas de dolor o impotencia, para que no se olvide que bajar los brazos es perder. Rendirse. Morir. No existir.
La cosa es que a mediados de los setenta u ochenta estaba lleno de estudiantes similares. Miles, quizá millones. Que en realidad no tenían nada que ver con él, porque quién se queda en los libros no ha aprehendido absolutamente nada del mundo. Es la verdad. Entonces decidió optar por el camino del barro, de las manos sucias, del hacer y no del decir. Así que -bueno que se yo- voy a creer como todos que lo que hizo realmente glorioso y grande al ejemplo de humanidad éste, fue su decisión de leer menos y hacer mas, de ponerse en movimiento con un objetivo a largo plazo y sin apuros. Fueron sus pies los que marcaron huellas en su mundo, en el barrio La Torcaza. Por que viste que las ideas peladas no dejan marcas profundas, es mas se van con la lluvia o el más mínimo viento. Pero quién realmente se hizo parte de un suelo, adentró en los corazones de quienes lo habitan y merece ser venerado.
Y...ya estaba viejito viste, que le va hacer. Los médicos no hubiesen recomendado a sus parientes como la pared del centro vecinal al ídolo éste, estaba en las últimas. Pero te aseguro que desde el cielo está contento –mira que paradoja te digo- su cajón tiene seis manijas y observa, observa bien y presta mucha atención a como esos -que hoy son hombres y mujeres- van haciendo turnos para llevarlo paso a paso y entre lágrimas, hacia la vida eterna. Lugar al que pertenece desde el mismísimo instante en que dio su primer paso hacia la eternidad encarnado en recuerdos.