Era una tarde de verano cálido en el planeta tierra. Había una convención de estrellas y astros en el patio de la casa de una amiga humana. Ya habían pasado muchos siglos desde el último encuentro y el imponente Sol necesitaba reacomodar a sus inferiores de la constelación. Entre los invitados a la tertulia, además de las millones de estrellas comunes que se acurrucaban en el fondo de la sala para poder entrar, estaban: Lucero, Cruz del Sur, Las Tres Marías y la bella Lunita.
El Rey Sol comenzó el discurso insistiendo en la importancia de una nueva reordenación en sus puestos. Para ello dispuso una competencia en donde el ganador o la ganadora, ocuparían lugares de privilegio en el cosmos. El ganador se transformaría en la estrella mas luminosa de las noches del planeta tierra; así sería mirado por millones de seres cada día y alabado por mas de una religión terrestre.
Descendiendo jerárquicamente, el que resultase segundo quedaría ubicado en un lugar visual inferior al primero, pero eternamente libre de nubes que tapen su imagen.
El tercero iría en degradé de acuerdo al segundo y perdiendo cada vez mas status en cuanto a su importancia; así con el cuarto, y el quinto recibiría una ubicación insignificante dentro del universo.
El Rey Sol dio las pautas para la competencia. Todo consistía en un triatlón en donde los esfuerzos físicos y psíquicos darían como resultado un ganador.
La primera de las tres competencias consistía en cruzar diez kilómetros por un río de agua fría con solo un salvavidas y constancia al nadar. La segunda misión era escalar la montaña mas alta del mundo. La tercera etapa consistía en volar lo mas alto posible, hasta llegar a las puertas del cielo, solo con dos alas de papel.
El lunes era el día indicado para el comienzo. Apenas era jueves… había unos días para tomar buen aspecto físico, solo era cuestión de dedicación y tomar conciencia de que la preparación para la competencia era fundamental: quien resista a las crudezas del clima y soportase las mayores trabas posibles… ganará.
Lunita salió a correr todos los días, hasta el mismísimo lunes por la mañana. Después de todo ¿a quien no le gustaría ascender en su carrera hasta el cielo y posesionarse en la cúspide del mundo para que la humanidad entera lo contemplase por millones de años?
Pasó el tiempo y los primeros rayos de luz se atrevieron a entrar en el día lunes, venciendo así la oscura noche de domingo que, rodeada de nervios, pasaron los cinco competidores.
El Rey Sol subió al atril y desde allí comunicó a los participantes, aspirantes a la mejor y sublime ubicación en la Vía Láctea, las pautas de la competencia.
-“Solo uno de ustedes será coronado con los laureles celestiales de los “Príncipes del Universo”… “los demás deberán padecer la indiferencia de los ojos de la humanidad por millones de siglos, hasta una nueva competencia”.- dijo el Rey Sol, juez de la competición.
Los participantes se miraron los unos a los otros, y con cara de ansiosos optaron por persignarse para llamar a la suerte.
-En sus marcas…- Comenzó el conteo del Rey Sol que con cara de desgraciado se atrevía a jugar con los sentimiento de los cuatro perdedores.
-Listos…- siguió con la cuenta regresiva.
-… Ya!-
La orden de largada había llegado. Quien resista a los mas tormentosos desafíos de la naturaleza; quién sobreviva a las dificultades del triatlón… será coronado Príncipe o Princesa del Universo. El primer desafío gravitaba en cruzar un frío río por la noche de la tierra. El tramo era de varios kilómetros y solo los mas poderosos podían complementarlo. Recién comenzada la competencia, y en proceso de acomodación de puestos… cuando apenas se tiraban al río para competir, millones de estrellas se vieron imposibilitadas de nadar; pues no entraban todas en el afluente y forzosamente debieron abandonar la competencia. Solo quedaban cuatro. En el primer puesto se encontraba Lucero que no pensó en guardarse energía para los próximos días y sacó una ventaja abismal a sus inmediatos seguidores. En el segundo puesto estaban Las Tres Marías que se combinaban en movimientos para realizar un croll perfecto y así avanzar sin quemar rápido las naves.
En el tercer lugar estaba la Cruz del Sur que cautelosa, pero creyente de sus condiciones, optó por regular energías y ser constante en el nado. Ultima, pero en competición todavía, se encontraba Lunita. De pequeña le temió al agua y nunca aprendió a nadar, pero sus sinceros esfuerzos la llevaban a querer terminar la competición, y siguió y siguió nadando en un río caudaloso. Ella no tenía como objetivo terminar en el primer puesto… solo se conformaba con llegar al final, simplemente se sentía realizada con terminar y no rendirse a mitad de camino. Con estas ubicaciones acabaría la primera etapa.
El martes el Rey Sol daba las mismas indicaciones del día anterior. Ahora deberían escalar lo más rápido posible una montaña interminable y peligrosa, donde cada paso en falso podía acabar con la vida de los participantes.
-En sus marcas, listos, Ya…- Otra vez el Rey Sol daba el inicio. Ahora los que seguían en juego eran solo cuatro.
La Cruz del Sur llegó a la cima en menos de una hora, pues era marcada la diferencia que tenía con el resto en materia de escalar. Segundo llegó Lucero, cansado, exhausto… pero alcanzó el final a menos de una hora y media.
En el tercer puesto estaba Lunita, que si bien siempre le temió a las alturas, estaba muy conciente de lo que debía hacer… perseverar y ser constante en el camino para lograr la felicidad.
Las que nunca llegaron fueron Las Tres Marías. Una de ellas sufrió una descompensación y nauseas debido a lo empinado de la montaña y debieron abandonar.
“Solo queda una competición y tres competidores”-Dijo el Rey Sol con vos potente y concisa.
Era ya el tercer y ultimo día de competencia. Un miércoles de llovizna y frío inusual.
Como siempre, el arbitro de la disputa, se hizo eco de la largada y dijo:
-a sus marca, listos… Ya!.
El escollo a vencer ahora sería volar lo mas alto posible, hasta llegar a la cúspide del cielo y ubicarse para casi toda la eternidad, a la derecha del Rey Sol todopoderoso.
Arrancaron los tres competidores restantes parejos en el aleteo.
Debían ascender verticalmente solo con dos alas de papel.
La primera ventaja la sacó la Cruz del Sur, que se apresuró a subir y aleteó y aleteó tan rápido que su propio tesón la llevó a dejarse caer rendida en el aire antes de penetrar la estratosfera.
Solo quedaban dos en la contienda. Solo dos aspirantes para el titulo de “Máxima Estrella”… luego del Rey Sol.
Lunita, humilde y callada, pero constante y comprometida… volaba y ascendía.
Lucero veía desde unos metros arriba a Lunita que, poniendo cara de esfuerzo supremo, no se resistía a caer al suelo y aleteaba como un pichón de paloma al salir por primera vez de su nido.
La carrera estaba casi decidida. Lucero marchaba primero y a ritmo constante; pero Lunita no se daba por vencida. La distancia cada vez era superior y pasando la capa de la atmósfera, llamada Mesosfera, ocurrió algo impensado. Cuando Lunita estaba convencida de que sería segunda, los aleteos de Lucero comenzaron a temblar. De arriba él la miraba como pidiendo clemencia y se desvaneció en el aire como una suave estrella de algodón.
El Rey Sol sonrió por primera vez en la competencia y Lunita tubo el camino libre para la victoria. Ella rió de alegría. Tanto esfuerzo darían sus frutos… comenzó a gritar de emoción por sentirse la Princesa del Universo y obtener el lugar preciado… justo al lado del majestuoso Rey Sol.
Pero cuando todo parecía feliz, lo impensado. El ala derecha de Lunita se despedazó, se desintegró en el aire.
Era la única participante en pié, pero comenzó en un rápido descenso y los gritos de alegría, ahora se tornaron en desesperación.
El Rey Sol, por regla de la competencia, no podía intervenir para ayudar a los participantes, pero vio con cara de susto y asombro como se desplumaba Lunita.
Rápidamente y gracias a su fortaleza mental, pensó…
“…debo llegar solo con el ala izquierda… debo resistir, debo luchar.”
Largó lo poco que le quedaba del ala derecha y con las dos manos tomó la izquierda y comenzó nuevamente el camino de ascenso.
Los otros compañeros, ya fuera de competencia, se sintieron emocionados por su valentía y comenzaron a aplaudirla y a aclamarla, dándole el aliento necesario en esos casos para llenarse de orgullo y empeño. Y mordiendo los dientes a más no poder, Lunita de a poco y totalmente exhausta… alcanzó las puertas del cielo.
Desde abajó los otros cuatro, largaron lagrimas de alegría y reverencia para la unica con la fortaleza suficiente para resistir a todo. Aplaudieron horas enteras su decisión de persistir. Desde arriba miraba contenta y cansada Lunita.
El Rey Sol largó su segunda sonrisa y dijo...
“la ganadora de la competición y merecedora de los laureles del infinito es… Lunita”
Estalló desde arriba en un llanto de alegría y emoción.
Los destinos del cielo se encontraban sellados por varios siglos.
Los millones de estrellas que quedaron fuera en el río, debieron permanecer lejos de la tierra, con tamaños pequeños y brillos tibios, a lo lejos de la percepción humana.
Las Tres Marías obtuvieron un lugar en el cielo que nadie pretende. Perdidas en el horizonte y solo visibles en las noches de luna llena.
La Cruz del Sur debió conformarse con servirles a los navegantes de los mares abiertos de la edad media como referencia en su camino. Poco carismática y algo reacia debió persistir hasta la eternidad inclinada e invisible a los ojos de los miopes.
El último en rendirse fue Lucero. A pesar de todo, se sintió feliz por haber ganado una luz fuerte y brillante. Aunque celoso ya que, como un estigma marcado en su piel, debió permanecer por varias eternidades… por debajo de Lunita.
La que nunca se rindió fue ella que, con el tiempo y un maravilloso glamour, se transformó en la Gran Luna. Se ubicó en la cima del cielo, en el lugar de los dioses.
Respetada y admirada por todos, recibió juramentos, promesas, amores y encantos propios de un cuento de hadas.
Estrella magnificente e increíble de la constelación que, vieron al besarse miles de parejas enamoradas que contemplasen con su resplandor, la belleza mas blanca y pura que su incandescente reflejo le daría a la humanidad… por millones de años, a partir de ese miércoles de gloria en que alcanzó las Puertas del Cielo.