Era una tarde de primavera en la provincia de Tucumán, Argentina. Los pichones revoloteaban por el sedoso nido que su mamá había construido para albergar sus huevos. Esta temporada fueron tres los Cardenales que arribaron al mundo; sus copetes colorados y plumajes grises los convertían en los predilectos pájaros del monte. El papá Cardenal había oído hablar de la caza de los de su especie en la zona con el fin comercial; y si bien no se podía explicar para si mismo por que los perseguían tan descaradamente, se dio cuenta que debía actuar rápido para salvaguardar la vida de su familia.
Esa misma tarde primaveral, horas antes de que caiga el sol, Papá pájaro salió como expulsado de un campo de girasol, su favorito, con una semilla en su boca. No era justamente de esa planta que gira en orientación al sol, sino una semilla distinta que había ida a buscar a un terreno alejado, y que le costó dos días de viaje constante para alcanzarla. Cruzó por su nido vigilando de reojos la Cardenal Hembra y los nuevos hijos. Pero siguió volando hasta subir a un nudo montañoso en donde los cazadores no iban en la búsqueda de los Cardenales por lo empinado y peligroso que sería escalarlo.
Llegó a una zona rocosa. Se paró en una rama peligrosa y sus ojos rotaban la perspectiva. Era un monton de plumas interesado en la supervivencia de su especie y en especial de su familia... los demás deben de andar robando semillas de girasol por algún campo familiar. Papá estaba dispuesto a no comer ni dormir por días para cumplir su objetivo. Saltó de rama en rama sin encontrar el lugar justo donde su semilla germinara. Pero en un momento, detrás de una pequeña colina se encontró con un diminuto valle verde entre medio de dos montaña que ni él mismo conocía anteriormente. Mordió más fuerte que nunca la semilla que llevaba y aleteó contento hasta ese oasis verde. Ni bien llegó levantó el copete y comprendió que debía apresurarse por que se aproximaba una tormenta. Cavó con su pico y enterró su futuro, su carta, su apuesta. Al regresar al nido uno de sus tres pequeños ya no estaba, había sido alcanzado por alguna trampera del hombre malvado para su venta.
Esa noche llovió como nunca antes. La amargura de la pérdida de uno de la familia llevó al Papá Cardenal a sentar a su esposa y sus dos hijos en ronda y hablarles de una manera profunda y sincera.
"...les digo que en este lugar nos van a alcanzar; si nos quedamos... nos atrapan, y aunque suene loco decir que debemos irnos a vivir a la montaña por que somos pájaros de llanura, les digo que no nos queda otra opción."
Todos se miraron desesperados y él siguió.
"... no importa que los vecinos de la rama de enfrente se rían de nosotros por que nos marchamos, aquí nadie está interesado en otra cosa que su imagen, pero yo voy mas allá de eso y quiero que los Cardenales pisemos las ramas de la tierra por muchos años mas."
Y a esa declaración le siguió la narración de lo que había echo con aquella semilla del árbol en el verde oasis de las montañas peligrosas. Nadie le aseguraba que esa semilla creciera y daría su fruto... pero Papá optó por dejar de cantar tan vulgarmente como hacia todos los días y se dedicó a hacer lo que creía correcto.
Después de la lluvia y con la calma que llega a posteriori de la tormenta, como todos los días, la yunta salió a recoger comida para los pichones.
Pero las garras del animal humano los alcanzaron con una red tan extensa como precisa, y en una rama común ambos pasaron de la tierna imagen de la recolección para sus hijos... a la desesperación y el cautiverio.
De ellos nada se supo nunca. Deben haber terminado en alguna feria medieval que persiste todavía lamentablemente, o vaya a saber donde.
Los dos pichones restantes entendieron la situación al percibir que sus progenitores no volvían al anochecer. Eso nuca pasaba había pasado. Se dieron a la fuga, al escape desesperado.
Al pasar muchos días rodando por el aire, escabullendose de la persecución, los dos hermanos se distanciaron. Se perdieron el uno del otro vaya a saber en que monte tucumano.
Pero un día el más pequeño de los pichones, habido e inteligente, formalizó con una Cardenalita copetona encantadora y decidió buscar el territorio mas apto para la procreación. En pleno proceso de búsqueda recordó lo dicho por su padre. Se le vino a la memoria esa historia marrón que entre nostalgias y aromas a pasado trajo a su presente para darle un fin vital.
Se lo contó a su prometida descreído de encontrar el lugar. Sin saber a ciencia cierta si esa semilla habría dado el preciado árbol.
Las noticias de las persecuciones de los humanos volvían al nido del pequeño y decidió actuar por intuición.
Los dos fueron hacia e norte. Día y noche volando sin parar, sin comer, sin dormir. El tenía un pálpito, un buen augurio. Ella estaba decidida a acompañarlo en todo..Sus alas volaban por él.
Hasta que una mañana bien temprano, con los primeros rayos de sol que se filtraban por una montaña empinada y peligrosa, el pequeño enriqueció su vista y su sonrisa. Vió como calcada en lápiz gris esa imagen que tiempo atrás le había descrito su padre. Todo era tal cuál le había contado aquella noche. Todo perfectamente igual.
"... un oasis verde entre medio de las montañas","... lejos de donde el hombre nos puede atrapar". El cuadro era ideal. Un álamo potente en la ribera de un pequeño y cristalino lago entre las altas montañas. Ambos sonrieron felices...y horas mas tarde sus picos ya habían creado su propio nido. Solo era cuestión de minutos para que se pueda engendrar una nueva SEMILLA... La del Amor.