La tiza aún giraba como haciendo nubes artificiales por el aire. El profesor había borrado varios triángulos que decían ser isósceles -aunque él no supiera de lo que estaban hablando- y mientras pasaba el borrador, se detuvo. Colocó su izquierda en la cintura –en el potrero se diría hacer jarrita- se paró firme y leyó al menos cuatro veces la pregunta que le llamó la atención ¿El triángulo isósceles tiene hipotenusa?
Luego de la última lectura, pegó medio giro, acomodó su corbata arrugada y tiró el borrador más allá de su escritorio. Lo que mas nos llamó la atención fue como comenzó a hablar, en que tono. Se notaba que estaba enojado, parecía que algo que había encontrado en el verde, viejo y todo escrito del frente, le golpeara su personalidad y convicciones. Apenas advertimos la situación dejamos de gritar y caminar por el aula. La hora recién comenzaba, pero cuando Tucho se ponía así no era bueno joder.
Algo estaba por venir y vino cuando el profe abrió los brazos e inclinó su cuerpo frente al alumnado que lo miraba ya a esa altura obviando las moscas y preguntó
-¿A que tipo de persona le puede interesar si el triángulo isósceles tiene o no hipotensura, hipotenusa o como carajo se llame?- el profe perdió la cordura, enrojeció y continuó “¿Qué tipo de ciudadanos queremos formar? Hay mas guerras que triángulos y mas preguntas que respuestas en esta tierra incendiada ¿Para que seguir con ese positivismo ridículo del triángulo isósceles?”
Salió del aula directo al baño, apresurado y muy tenso. Al volver larga “tenía otra clase preparada pero vamos a dar una especial, de reflexión ¿si?”. Las miradas perdidas de los adolescentes parecían no captar la situación, pero entendían que algo en la psiquis del profe hacía ruido.
Terminó de sacudir el borrador y comenzó improvisando “ ¿En alguna oportunidad se detuvieron a pensar sobre lo que somos en realidad? ¿Existe reflexión sincera que prescinda de mitos religiosos o científicos? o ¿debemos atarnos a una ignorancia natural y lógica?”- dijo Tucho
Su intención, a esa altura, era sacar de la cotidianeidad a los adolescentes por un segundo. Hacerles entender que todo lo que se encuadra dentro de la sociedad es impuesto, por nosotros mismos, con o sin intención por la necesidad de convivencia.
Continuó con el ejemplo mas trillado de las aulas diciendo “¿quién dice que este banco se debe llamar banco? ¿Por que no le puedo decir trozo de madera pintada de blanco claro donde se sientan los alumnos?”
Una joven delgada y de piercing levantó la mano y dijo “por que necesitamos ponerles nombres a las cosas y que todos la llamemos del mismo modo, como para entendernos o hacer la vida más fácil” ni titubeo.
-“Muy bien por ahí vamos”- asistió mientras iba en vaivén de una punta a la otra del aula hablando de filosofía. Iba y venía limpiando un pizarrón que ya había limpiado segundos atrás, que no tenía letras que borrar. Seguía borrando. “Les voy a contar una pequeña historia para que me digan que es lo que creen al respecto” dijo el Profe y siguió “ustedes ¿saben que los gatos tienen códigos? ¿Saben que los gatos se comunican entre si?”- largó y puso el acento en la última esdrújula golpeando sus manos para acaparar la atención. Los alumnos quedaron duros, inmóviles como preguntándose que barbaridad estaba diciendo. Nadie respondía. Hasta que Julieta –esa típica alumna calienta bancos del fondo levantó la mano y dijo- “yo sé que los gatos hablan entre ellos, pero por otra cosa”.
-¿Por que?- Pregunta Tucho
-Por que mi abuela una vez me contó una cosa sobre eso.
-¿Que fue lo que te contó Juli?- dijo el Profe mientras todo el alumnado volteó para verle la cara de susto al hablar.
-“Me contó la verdad acerca del mito del gato negro. Si a nosotros nos cruza un gato negro no es mala suerte en realidad, mas allá que nuestras creencias sugieran eso. Es por otra cosa. Me contó que entre ellos -haciendo referencia a los felinos de color negro- hay una creencia cultural que sostiene que si un hombre blanco le cruza por delante tiene muchos años de escasez de comida, mala suerte y no se que otras cosas con su pareja. Por eso es que cuando vamos caminando y nos cruza desesperado un gato, siempre es negro. Por que a los siameses, a los amarillentos o a los parisinos no les hace nada que un humano blanco le cruce por delante. Pero a los negros les trae desgracia, algo malo le ocurriría en cuestión de minutos.
-¿Eso fue lo que te dijo tu abuela?- preguntó sorprendido Tucho por el nivel de abstracción y locura del análisis.
-Eso me dijo. Por eso yo cuando veo un gato negro trato de cambiar de rumbo, esquivarlo para no molestarlo. ! Mira si voy a querer darle mala suerte a un gatito indefenso!-Dijo Julieta frente un auditorio sorprendido.
Sonó el timbre y todos salieron corriendo hacia el patio. Tucho acomodó su bolso gris de manija de cuero y masticó lo que había dicho la alumna. Mientras salía caminando en busca de un taxi pensó todo lo que se aprendía con el trato cotidiano con adolescentes y lo mas importante, recapacitó hasta preguntarse ¿Seremos el ombligo del universo como lo creemos? ¿Y si en realidad los gatos negros se empecinaran en acelerar su marcha al vernos por la calle por una cuestión cultural y propia de su especie, como un humano esquiva una escalera abierta en la vereda? Que raro sería. Vernos disminuidos en nuestra egocéntrica sensación de ser los reyes de un planeta. Los toma decisiones.
Hizo seña a un taxi que venía en su dirección. Arrojó el cigarro contra el cordón, largó la ultima bocanada de aire viciado y abrió la puerta trasera que lo llevara pensante a su hogar. Hogar que ya no sería el hábitat propia del pensamiento y donde el profe abandonaría de seguro la reflexión para ahondar su cuerpo en un sillón de living exactamente frente a un rectángulo negro que no tiene hipotenusa.