jueves, 18 de diciembre de 2008

¿A partir de cuantos años empiezan?

¿Menos no? fue la última pregunta antes de bajarse. Menos no, la respuesta definitiva. A decir verdad era una linda tarde, pero el viento la entorpecía en demasía a tal punto de que la redonda ya se consideraba indomable. El “soplido de dios” era un amigo indeseado en el momento menos propicio del día -viste- como cuando estas en paridad jugando un picadito y llega un rezagado con vinchita y medias hasta las rodillas al grito de ¿puedo entrar?- que le vas a decir, mas vale. Cuando no te ve te mordiste los labios una vez, pegaste unos zigzagueos con la cara como diciendo... y listo.
Es verano, por lo que los entrenamientos arrancan a eso de las siete con pleno sol en el pozo -lo de pozo va por lo hundida que está la cancha y por que en el vocablo popular de la ciudad ese es el nombre original-. Tipo siete menos algo comienzan a llegar algunos en bicicleta, otros en moto con los viejos y solo unos pocos en auto. Abundan medias largas y camisetas de los dos más grandes de la argentina, de esas que están desde Ushuaia a la Quiaca y creo no errar al sostener que hay más de ellas que guardapolvos de primarias.
Calculo con un golpe de vista y serán como quince o veinte, ahora -te digo algo- por mas que intente contarlos no podría ni en mil años, si la redonda anda por el aire de acá para allá todo el tiempo. Es más, pareciera tener un imán al que todos los buscan unirse, como que van en bandada -viste-. El único que se mantiene estático es el DT de panza alta y gemelos marcados. Bueno eso de “único” es una mera formalidad, ya que a escasos metros estaba marquitos sobre la tapia de la abuela -Norma- que lindaba con lo que él entendía por estadio, magnificente y espectacular, y que nosotros llamaríamos comúnmente: pozo.
Ahí estaba aferrado a la cima de la pared empapada con pintura al agua blanca -que enojaba a su madre a la hora de lavar- y preguntándose cuando llegaría finalmente ese día en que se corone como "grande" para poder entrenar profesionalmente y abandonar a su primito que con sus tres años no alcanzaba su jerarquía. Quería ser como ellos, un jugador de verdad.
Claro que a todo esto la Norma hacía rato que se había dado cuenta de las ansias de marquitos, pero ¿que podría hacer ella? Es más, la cosa ya no se podía disimular ni un tantito0 si el marquitos llegaba con botines y camiseta de Talleres a tomar la leche -no va a ser cosa que el DT lo vea y justo falte uno al que podría reemplazar-.
La Norma estaba en el patio leyendo un libro de un historiador inglés que escribe siempre correctamente y a favor de Inglaterra, pero su concentración se quebró cuando le cayó la ficha de que debía hacer algo. Pensó, rascó su cabeza, volvió a pensar. El burrumín estaba duro, atento, expectante y sin querer perderse el más mínimo detalle del entrenamiento. Solo apenas y de vez en cuando abría la boca para largar un "huuuu" que delataba ocasión de gol o patada, vaya a saber.
Con sus seis recién cumplidos, debía esperar bastante para definir correctamente ese contragolpe que uno de los pibes había desperdiciado por morfón. Si le tocaba en el futuro una chance similar estaba seguro que pasaría la pelota, descargaría hacia atrás ya que le molestaba ese típico morfonazo que la pisa y la pisa hasta perderla.
Del partido ¿que querés que te diga? Desordenado, mal jugado y con la pelota siempre en el aire y rebotando tipo fliper por todos los rincones y gramones de la cancha.
Un tal Yoni -según deduje de la arenga del DT de panza alta- había armado un jugadon. Con toque corto salió de su propia área, tiró una pared que recibió de prepo, abrió la cancha hacia la izquierda y marcó la diagonal para recibir la redonda que un segundo mas tarde pateó y cinco segundos despues cayó en un techo lindero finalizando el viaje -igual el purrete largo un "huuuu"-. Cada jugada arrancaba un gesto a marquitos. Cada gesto provocaba un dolor extra a la abuela que desesperada, cerró el libro justo después de leer "y así diremos que toda la culpa fue los nazis", se puso de pié y dijo:
-marquitos bajate de ahí un segundo y anda al quiosco a comprarme esos cigarrillos de los míos.
-¿justo ahora abuela?
-Bueno si no querés ir te vas a perder el vuelto.
Claro que todavía no existe el nieto que se resista a semejante tesoro. Bajó y se puso su gorra rota, salió disparado hacia el quiosco con el fin de no perderse de mucho. Apenas la Norma escuchó el -tac- seco del mosquitero de enfrente, se arremangó la pollera, puso el pie derecho sobre la silla de hierro y asomó su cabellera rubia al pozo diciendo:
-Ey, ch ch! entrenador!
Pega media vuelta lenta el de panza alta y gemelos marcados y dice:
-Que pasa señora?- y dejó por un segundo a los pibes a su arbitrio
-¿a partir de cuantos años empiezan a jugar los chicos?
-y... a partir de los siete y sin excepción por que en la liga (y le armó un discurso sobre la legalidad a la que debía remitirse)
Norma lo escuchó ya sin interés hasta que terminó. Se bajó con esmero de la silla de hierro y corroboró lo que ya sabía por chisme de alguna amiga del barrio.
El de panza alta y gemelos marcados pegó medio giro y se puso como loco cuando vio que los chicos -advertidos de su falta de atención- se desacomodaron en la cancha a tal punto que el arquero del equipo de los suplentes encaraba por el mediocampo con la pelota al grito de "ooooleee, oooolee, se viene Chilavert para el gol!”
El -TAC- que vino después marcaba el regreso de marquitos que tiró los puchos sobre el lavarropas y apretó las chirolas para treparse de un salto a la ventana de la ilusión. Ni bien se afianzó en su posición de espectador metiendo sus dedos en esos ladrillos grises y huecos, apareció la abuela en escena. Abrió el mosquitero del patio con la cola y dando medio giro le alcanzó -o mejor dicho le arrojó- una campera al pibe que a esa altura ya estaba sorprendido, y le dijo:
"Anda nomás marquitos y si te preguntan vos deciles que tenés siete"