Este viejo escéptico y cabeza dura, a partir de esta noche comienza a creer en la reencarnación musical, si señor. En el traspaso como herencia de ciertas virtudes mágicas por que ¿que es la música sino magia? Claro que es conveniente para entender lo que estoy pensando, oír mientras tanto a Piazzolla o su reencarnación en Homero. A veces me pregunto, como lo haría cualquier viejo descreído y escéptico, ¿como llegó a eso? ¿Se puede alcanzar tamaña perfección en tan corto lapso? ¿que es lo que se detiene a ver la gente en la calle, en esta esquina, en la esquina de siempre? ¿Su música? ¿Su perfección? ¿Su edad? ¿Su magia?
Con un golpe de vista observo mi reloj viejo. Miércoles 22.38 horas. Homero viste camisa blanca a rayas azules. Su abrigo marrón atado a la cintura llega a la altura del pescador celeste tipo canillita, centímetros mas arriba que sus medias de vestir blancas levantadas y algunos otros mas de aquellos por sobre su zapatillas al tono gastadas mas que nada en la derecha de tanto patear contra la pared. Quizá su distinción mayúscula resida en su gorro particular; mezcla de boina vasca y sombrero tano de inmigrante blanco y negro a cuadros de principios del siglo veinte, que tapan sus cabellos oscuros y largos que sobresalen para ocultar la cara de un niño tímido que tira la música y esconde el rostro. Y digo que de principio del siglo veinte por que era del viejo viste, del barco digamos. Cada alma que pasa por la calle es conquistada por el sonido de su violín, que es mío pero es de él.
Mira esa parejita de novios como va rumbeando para acá, se acercan lentamente mientras se comen sus almas de tanto amor con la mirada y hacen puntas de pié. También esos con guitarras en la espalda se detienen y prestan atención al sonido de Libertango. Todos y cada uno voltean su cabeza para la muchedumbre. Luego viene el puntas de pié y allí observan que quién toca el instrumento es apenas un niño, todos quedan con la boca abierta. Que repetitivo es el accionar de las personas, que repetitivo es. Su estuche está nuevamente repleto de chirolas como hace rato. Ese viejo cara de oligarca de pelo blanco y ojos azules le clavó la mirada mientras ejecutaba el purrete “Adiós Nonino”, mi preferida de Astor. Casi no pestañea el cara de oligarca, sacude su cabeza de un lado al otro sin creer lo que ve, como todos los que están ahí percibiendo la inocencia de un pibe que se pasa de listo y trapea a los grandes como el mejor.
Para ser sincero a mí no me impresiona, tal vez por que lo vi ejecutar lo mismo durante años o quizá por creer en su capacidad para superarse y hacerlo mejor aún. Lo raro es que Homero nunca estudió otra cosa que su educación pública y universal, o sea la primaria. Le enseñe lo básico, pero me superó con creces.
Para detentar la atención unos minutos a estas personas, los tres (Homero, su violín -que es mío- y yo) debimos compartir horas interminables y ricas en emociones. Recuerdos como ese que me clavó en mis entrañas cuando tenía apenas siete y tocó por primera vez y de corrido “La Cumparsita” sin ritmo pero con perfección musical, nota por nota y con una memoria increíble por que -como te dije antes- su escuela musical no es mas que su oído y su memoria. Nunca rozo un libro de teoría y solfeo. Es vago como todo músico y además es un niño. Su patio fue aula cuando los tres armábamos un cuadrado imaginario junto al soneto que desprendía su dulce instrumento, que es mío.
Eso si, creamos una tarde de lluvia un pizarrón precario pero que nos serviría para poner la música en imágenes, en símbolos. El patio era verde muy verde. Plantas y flores -viejo destino de un jubilado que perdió su media naranja-. Pero eso no era todo. La aptitud musical de Homero me hizo despertar un don pedagógico que no se donde estaba durmiendo hasta allí.
El ahora toca y se luce. Son las 22.55 y nadie se movió de la ronda en la esquina. Es mas, se reunió el doble de lo que había cuando abroche mi campera por el frío que golpea a un viejo músico desconocido. Entre cada canción estallan palmas y felicitaciones. Le dije miles de veces que debe aprender a sonreír como para agradecer los aplausos, pero este pibe no quiere saber nada que sea extra musical. Solo quiere deleitar. Es tímido por eso toca mirando hacia abajo o con los ojos cerrados. Así es como se mete bien adentro de la canción nadando en su melodía dulce y fuerte, entre cortes y mágicas aventuras. Levanta la vista solo para mirar hacia la derecha, hacia el banco de madera donde estoy sentado para buscar mi aprobación. Lo que él no sabe es que me vive impresionando y que solo la mitad que interpreta es fruto de mi pedagogía. El me mira para que lo avale, obviando que la música brota en sus manos y yo ya no tengo nada que ver en eso. Pero debo poner cara de serio y siempre tirarle una mueca de disconformidad para que se supere cada día más. No sabe todavía que la varita del director de orquesta lo ha tocado. Hasta que lo descubra, que continúe aprendiendo.
Lo que me llama la atención es que nunca vi a alguien -y mira que tengo mis años- que sostenga una nota en el tiempo y te regale la sensación de que te elevas por el aire hasta lo más alto del cielo.
En Homero me veo, me encuentro conmigo mismo y con mi infancia lejana.
Por eso le inculqué de pequeño el amor por la música. Para que el día en que el soberano me lleve, el alma de un tanguero de los viejos tiempos siga latiendo en esta esquina o en cada melodía de Homero.