Don Eugenio Marcovich era un tipo normal, laburador. Se levantaba a las siete en punto sin reloj y sin gallo. Claro cuarenta años trabajando en el campo ¿Como no te vas a levantar tempranísimo y con olor a mate en la boca?
Peinaba canas largas y vestía alpargatas de yute combinada con bombachas grises y una remera de la empresa donde hacía años trabajaba. Cuando iba al pueblo solía ponerse ocasionalmente camisa. No vamos a decir que contaba con una gran variedad, solo tenía una celeste lisa y una blanca de rayas azules verticales.
Aunque en realidad iba poco para el pueblo. Se la pasaba escuchando su radio portátil y tomando mates y no se crea que por miseria -nada de eso- sino por costumbre. Es que vivió tanto tiempo solo, pobre y aislado en esa casa antigua, enorme y de puertas altas que su soledad se concebía más extensa con cada metro cuadrado del enorme rancho prestado. Tenía una bici larga de gomas angostas. Era verde y calzaba siempre debajo del asiento una bolsa blanca por si lo agarraba la lluvia mientras timbeaba en el bar. La bolsa y los broches de madera !inconfundible marca de don Eugenio! Lo broches cumplían la función de maniatar su pantalón de vestir negro -ya que se le había roto hacía tiempo el cubre cadenas y se manchaba con aceite- mientras andaba en su bicicleta verde y de gomas finas -cuando iba al bar o a la cancha, solía mandarse el pantalón de vestir gastado que había comprado para el casamiento de su única hija, hacía ya años… cuando la Ana todavía vivía.
Esa mañana de sol lo pasó a buscar como siempre en la camioneta Álvaro, pero en lugar de ir al campo a alambrar -cosa que estaba programada- lo llevaron a un cruce de ruta, ahí nomás del otro lado del pueblo.
-Se puede saber adonde vamos muchacho?- pregunto don Eugenio
-Y viste con el quilombo este que hay se vino el corte para acá- contestó, -bostezo mediante- Álvaro, un joven compañero de laburo.
-No me digas nada... van a hacer piquetes acá también.- replicó
-Seguro. Es más ¿no te enteraste? ya está el corte. Acá y en todos los pueblos de la ruta 8 -dice despertando la admiración del viejo- es que este gobierno no funciona para nada y encima nos quiere sacar la guita ¿Como querés que no cortemos las rutas? de otra manera no nos escuchan sino- dijo Álvaro mientras conducía la camioneta de la empresa.
Ambos bajaron y se dirigieron hacía la casilla donde estaba Adolfo, el patrón.
-Buenas buenas –dice sonriente Adolfo mientras convida un mate amargo a don Eugenio
-Tómense unos mates muchachos y coman ahí unas facturas que compramos y al mediodía los vienen a reemplazar -dice dando ordenes tipo laborales- a la noche tenemos un corderito que puso el Colo para la muchachada y seguiremos cortando las rutas hasta que este gobierno nos siga atacando ¿estamos?- pregunta de Adolfo que tubo inmediata aprobación por parte de ambos.
Eran como las ocho y veinte. Hacía frío. A lo lejos se veía como se agrupaban en el cruce las camionetas y los tractores. Eran como cien tipos con arrastradiscos y miguelitos para los que se negasen a parar. Todos escuchaban -desde las camionetas con puertas abiertas- una AM familiar y popular que informaba la situación en toda la provincia, en muchos lugares del país.
El patrón, luego de hablar por teléfono, acomodó su pañuelo en el cuello y alistó su gorro marrón. Subió a su camioneta y salió rápido levantando tierra.
-¿Adonde va tan apurado este?- pregunta Eugenio
-Se va para Rosario que tiene que comprarle el vestido de quince a la piba. Que fiestón que vamos a tener he! y gratis- acota Álvaro.
Don Eugenio, ya mayor de edad, repartió volantes a los automovilistas transeúntes. Obvio que algunos reprobaban sus actos tanto como recibían aplausos desde autos caros que parecían premiar la lucha. Uno de los que reprobaba sacó su cabeza por la ventanilla y gritó
-Manga de caraduras, déjenme pasar. Hijos de mil puta, son millonarios y se quejan, caraduras no existe mas una laguna por acá, canalizaron todo para sembrar esa porquería… delincuentes es lo que son delincuentes!
Dos muchachos altos y fornidos se acercaron al descontrolado descontento y lo silenciaron.
-Álvaro escuchame un segundo ¿no te parece uno boludes lo que estamos haciendo? estamos defendiendo una causa que no es nuestra- dice Eugenio.
-Ya lo se viejo pero ¿vos querés que te echen a la mierda del laburo? Mira que Adolfo está enculado con el gobierno y con el mundo hee, ni se te ocurra cuestionarle nada que te fleta!- advierte el joven peón de campo mientras cruza la ruta para conversar con un automovilista que frenó en la ruta.
Las emisoras de radio no paran de hablar del tema. Los ricos terratenientes se alistaron para luchar contra lo que entendieron un "ataque a sus intereses" ya que el Estado Nacional intentó aprobar una ley de redistribución del ingreso e intento disminuir las exorbitantes ganancias de una de las clases económicas mas –sino la mas- poderosas del país. Los peones de campo fueron invadidos desde los medios de información, fueron violados en su capacidad civil. Se les mintió, se los mal informó. La campaña en contra del Estado Nacional constitucional y democráticamente electo fue terrible. En el aire se respiraba conflicto. Las rutas atascadas por frenazos obligatorios que llevaban adelante campesinos no terratenientes obligados a generar el caos. Los círculos de abastecimiento y los comerciales fueron bloqueados intencionalmente por los que a su vez culpaban al ejecutivo y el país entero -o una gran parte de él- entró en un caos que se prolongó por quince semanas. El grano dejó de comercializarse, aunque los productores continuaron la cosecha y llenaron silos improvisados para la futura venta pos-conflicto.
Un viernes por la tarde, mientras el humo del fuego acusaba un lechón que se preparaba para la noche y que seguro sería acompañado con vino y guitarra y olor a festival, Eugenio se topó con una cuestión inusual.
Se baja de un auto un tipo desconocido morocho y pequeño con cara de asustado y le dice mirándolo a los ojos
-No sabes lo que pasó, incendiaron un montón de gomas en una ruta acá nomás para cortarla. Yo estaba ahí intentando cruzar y de pronto aparece una ambulancia con las sirenas prendidas corriendo a mil. Pidió permiso para pasar por que necesitaba llegar al hospital de Río Bravo por que llevaba un pibe de diez años agonizando.- dice el morocho desconocido mientras se quiebra y comienza a llorar.
-Tranquilo hermano, tomate tu tiempo y canta canta lo que pasó, no hay drama- insiste Eugenio.
-La ambulancia no pudo pasar. Estuvo parada media hora y el fuego de las gomas no se apagaba, así que por mas que la muchachada intentó abrir paso, no pudieron las llamas eran como de cuatro metros, fue imposible y el pibe murió.
Luego largó su llanto mas profundo. Eugenio narró a Álvaro la situación, indignado. Nadie en el corte encontraba consuelo, es que podría haber sido sus hijos, sus padres. Un aroma de desconfianza comenzó a rondar.
Por las noches el piquete ruralista continuaba apostado en las rutas, pero ya existía una tercera posición. El gobierno era el blanco del Sector Campo -para llamar a los terratenientes interesados- y quienes eran sus aliados por conveniencia y manipulación, comenzaron a mirarle con desconfianza.
Ese viernes Eugenio se fue por la orilla de la ruta, despacio luego de que llegara su relevo. Engancho los broches marrones en sus pantalones de vestir y acomodó la bolsa blanca bajo el asiento. Al llegar al bar una discusión estaba encendida, como ya era frecuente en esos días.
-Ya te dije mil veces que el hijo de puta ese nos está manejando como títeres- dijo el Gordo de camiseta sin mangas con cara de enojado.
-Pero eso ya lo sé, decime ¿que querés que hagamos? tenemos que darle de comer a nuestros hijos gordo- respondió uno mientras pintaba las cartas del truco.
Eugenio corrió las cortinas de plástico color verde y entró al bar. Se sentó justo detrás del que pintaba para el truco, en una mesa para tomar su vermú diario.
-Lo que tenemos que hacer es unirnos todos los giles que laburamos para el Adolfo y dejar de lamerle el culo, enfrentarlo, decirle en la cara que no queremos estar cumpliendo horario en la ruta, no queremos que nos use de esa manera... nos rompemos la espalda descargando bolsas y paleando camiones para que él se lleve la torta- responde el Gordo poseído por la rabio e impotencia
-Pero que querés que haga, no puedo hacer nada- dice el del truco.
Un segundo más tarde, el Gordo avanza desde el mostrador -donde tenía un gancia frío y se apoya en su mesa. Todos volvieron la atención para allí. El ambiente estaba caliente. De pronto pega un puñete en la mesa y con suma violencia lo toma del cuello, lo eleva por el aire. Su silla se corre rápidamente para atrás chocando a Eugenio. En todo eso el cantinero intenta separar, pero era tarde. El Gordo enfureció y estaba dispuesto a hacerle entender a todos que los estaban dominando, que algo tenían que hacer. Era una fiera enjaulada. La primera piña le dio en su ojo izquierdo. La segunda en la boca. No hubo tercera ya que el cantinero hizo de botón y llamo a la policía minutos antes. El Gordo fue esposado y arrestado.
Al día siguiente Adolfo enterado de la situación y de lo que había dicho el Gordo fue hasta la comisaría y luego de hablar diez minutos con el policía, lo sacó.
Una vez en su auto Adolfo hizo de cuenta que no entendía la disputa de anoche y pregunto mientras bajaba la ventanilla para prender un rubio
-Che pero no me dijiste por que pelearon al fin -dice mientras gira su manubrio a la derecha-
-Nada, pasa que tomamos de más anoche y bueno nos fuimos a las manos por pavadas- dice el gordo intentando ocultar la causa
-Pero ¿por nada en especial pelearon? no se... una mina o algo de eso- haciéndose el tonto para ver cual era su respuesta preguntó el patrón
-Pero no, por nada siempre hubo pica pero ya pasó- responde
-Bueno es la última vez que te saco he! portate bien ahora ¿acá vivís no?- pregunta Adolfo pisando el freno justo en una casa blanca mal pintada y humilde.
-Si acá nomás en frente- Bajó del auto agradeciendo mientras su esposa lo esperaba con una sonrisa de alegría en la puerta.
El Gordo la abrazó con fuerza a la Marta y le dio un beso. Apenas la suelta ve que don Eugenio estaciona su bici verde en el cordón gris de su vereda.
-Hooo don Eugenio, ¿que anda haciendo por las casa? ¿Tan rápido se enteró que me largaron?- comenta el Gordo mientras quitaba Eugenio su boina y la sostenía apretándola con fuerza.
El viejo dio pasos tibios y llegó a la puerta donde se encontraba con la Marta abrazado.
-Es que debo hablar con usted. He pensado en lo que ha dicho y creo que tiene razón, por eso le vengo a la casa, para decirle que no podemos hacer lo que el Adolfo quiera... después de todo somos personas al igual que él- dice Eugenio con voz tibia y un gran temor esperando el apoyo del Gordo.
-Hooo Eugenio, usted sabe... el Adolfo me ha sacado de la cana. Que se yo, tengo que replantearme la situación ahora. Le debo una, ya no puedo ponerme en su contra, discúlpeme pero no lo puedo apoyar mas ¿que hubiese sido de mí si no me sacaba el Adolfo? capaz que me mandaban a Río Bravo y me daban meses de prisión. - dice el Gordo
Don Eugenio aceptó el último mate de la Marta y luego montó su bicicleta, colocó los broches y comenzó a pedalear hacia su lejano rancho, campo adentro.
Peinaba canas largas y vestía alpargatas de yute combinada con bombachas grises y una remera de la empresa donde hacía años trabajaba. Cuando iba al pueblo solía ponerse ocasionalmente camisa. No vamos a decir que contaba con una gran variedad, solo tenía una celeste lisa y una blanca de rayas azules verticales.
Aunque en realidad iba poco para el pueblo. Se la pasaba escuchando su radio portátil y tomando mates y no se crea que por miseria -nada de eso- sino por costumbre. Es que vivió tanto tiempo solo, pobre y aislado en esa casa antigua, enorme y de puertas altas que su soledad se concebía más extensa con cada metro cuadrado del enorme rancho prestado. Tenía una bici larga de gomas angostas. Era verde y calzaba siempre debajo del asiento una bolsa blanca por si lo agarraba la lluvia mientras timbeaba en el bar. La bolsa y los broches de madera !inconfundible marca de don Eugenio! Lo broches cumplían la función de maniatar su pantalón de vestir negro -ya que se le había roto hacía tiempo el cubre cadenas y se manchaba con aceite- mientras andaba en su bicicleta verde y de gomas finas -cuando iba al bar o a la cancha, solía mandarse el pantalón de vestir gastado que había comprado para el casamiento de su única hija, hacía ya años… cuando la Ana todavía vivía.
Esa mañana de sol lo pasó a buscar como siempre en la camioneta Álvaro, pero en lugar de ir al campo a alambrar -cosa que estaba programada- lo llevaron a un cruce de ruta, ahí nomás del otro lado del pueblo.
-Se puede saber adonde vamos muchacho?- pregunto don Eugenio
-Y viste con el quilombo este que hay se vino el corte para acá- contestó, -bostezo mediante- Álvaro, un joven compañero de laburo.
-No me digas nada... van a hacer piquetes acá también.- replicó
-Seguro. Es más ¿no te enteraste? ya está el corte. Acá y en todos los pueblos de la ruta 8 -dice despertando la admiración del viejo- es que este gobierno no funciona para nada y encima nos quiere sacar la guita ¿Como querés que no cortemos las rutas? de otra manera no nos escuchan sino- dijo Álvaro mientras conducía la camioneta de la empresa.
Ambos bajaron y se dirigieron hacía la casilla donde estaba Adolfo, el patrón.
-Buenas buenas –dice sonriente Adolfo mientras convida un mate amargo a don Eugenio
-Tómense unos mates muchachos y coman ahí unas facturas que compramos y al mediodía los vienen a reemplazar -dice dando ordenes tipo laborales- a la noche tenemos un corderito que puso el Colo para la muchachada y seguiremos cortando las rutas hasta que este gobierno nos siga atacando ¿estamos?- pregunta de Adolfo que tubo inmediata aprobación por parte de ambos.
Eran como las ocho y veinte. Hacía frío. A lo lejos se veía como se agrupaban en el cruce las camionetas y los tractores. Eran como cien tipos con arrastradiscos y miguelitos para los que se negasen a parar. Todos escuchaban -desde las camionetas con puertas abiertas- una AM familiar y popular que informaba la situación en toda la provincia, en muchos lugares del país.
El patrón, luego de hablar por teléfono, acomodó su pañuelo en el cuello y alistó su gorro marrón. Subió a su camioneta y salió rápido levantando tierra.
-¿Adonde va tan apurado este?- pregunta Eugenio
-Se va para Rosario que tiene que comprarle el vestido de quince a la piba. Que fiestón que vamos a tener he! y gratis- acota Álvaro.
Don Eugenio, ya mayor de edad, repartió volantes a los automovilistas transeúntes. Obvio que algunos reprobaban sus actos tanto como recibían aplausos desde autos caros que parecían premiar la lucha. Uno de los que reprobaba sacó su cabeza por la ventanilla y gritó
-Manga de caraduras, déjenme pasar. Hijos de mil puta, son millonarios y se quejan, caraduras no existe mas una laguna por acá, canalizaron todo para sembrar esa porquería… delincuentes es lo que son delincuentes!
Dos muchachos altos y fornidos se acercaron al descontrolado descontento y lo silenciaron.
-Álvaro escuchame un segundo ¿no te parece uno boludes lo que estamos haciendo? estamos defendiendo una causa que no es nuestra- dice Eugenio.
-Ya lo se viejo pero ¿vos querés que te echen a la mierda del laburo? Mira que Adolfo está enculado con el gobierno y con el mundo hee, ni se te ocurra cuestionarle nada que te fleta!- advierte el joven peón de campo mientras cruza la ruta para conversar con un automovilista que frenó en la ruta.
Las emisoras de radio no paran de hablar del tema. Los ricos terratenientes se alistaron para luchar contra lo que entendieron un "ataque a sus intereses" ya que el Estado Nacional intentó aprobar una ley de redistribución del ingreso e intento disminuir las exorbitantes ganancias de una de las clases económicas mas –sino la mas- poderosas del país. Los peones de campo fueron invadidos desde los medios de información, fueron violados en su capacidad civil. Se les mintió, se los mal informó. La campaña en contra del Estado Nacional constitucional y democráticamente electo fue terrible. En el aire se respiraba conflicto. Las rutas atascadas por frenazos obligatorios que llevaban adelante campesinos no terratenientes obligados a generar el caos. Los círculos de abastecimiento y los comerciales fueron bloqueados intencionalmente por los que a su vez culpaban al ejecutivo y el país entero -o una gran parte de él- entró en un caos que se prolongó por quince semanas. El grano dejó de comercializarse, aunque los productores continuaron la cosecha y llenaron silos improvisados para la futura venta pos-conflicto.
Un viernes por la tarde, mientras el humo del fuego acusaba un lechón que se preparaba para la noche y que seguro sería acompañado con vino y guitarra y olor a festival, Eugenio se topó con una cuestión inusual.
Se baja de un auto un tipo desconocido morocho y pequeño con cara de asustado y le dice mirándolo a los ojos
-No sabes lo que pasó, incendiaron un montón de gomas en una ruta acá nomás para cortarla. Yo estaba ahí intentando cruzar y de pronto aparece una ambulancia con las sirenas prendidas corriendo a mil. Pidió permiso para pasar por que necesitaba llegar al hospital de Río Bravo por que llevaba un pibe de diez años agonizando.- dice el morocho desconocido mientras se quiebra y comienza a llorar.
-Tranquilo hermano, tomate tu tiempo y canta canta lo que pasó, no hay drama- insiste Eugenio.
-La ambulancia no pudo pasar. Estuvo parada media hora y el fuego de las gomas no se apagaba, así que por mas que la muchachada intentó abrir paso, no pudieron las llamas eran como de cuatro metros, fue imposible y el pibe murió.
Luego largó su llanto mas profundo. Eugenio narró a Álvaro la situación, indignado. Nadie en el corte encontraba consuelo, es que podría haber sido sus hijos, sus padres. Un aroma de desconfianza comenzó a rondar.
Por las noches el piquete ruralista continuaba apostado en las rutas, pero ya existía una tercera posición. El gobierno era el blanco del Sector Campo -para llamar a los terratenientes interesados- y quienes eran sus aliados por conveniencia y manipulación, comenzaron a mirarle con desconfianza.
Ese viernes Eugenio se fue por la orilla de la ruta, despacio luego de que llegara su relevo. Engancho los broches marrones en sus pantalones de vestir y acomodó la bolsa blanca bajo el asiento. Al llegar al bar una discusión estaba encendida, como ya era frecuente en esos días.
-Ya te dije mil veces que el hijo de puta ese nos está manejando como títeres- dijo el Gordo de camiseta sin mangas con cara de enojado.
-Pero eso ya lo sé, decime ¿que querés que hagamos? tenemos que darle de comer a nuestros hijos gordo- respondió uno mientras pintaba las cartas del truco.
Eugenio corrió las cortinas de plástico color verde y entró al bar. Se sentó justo detrás del que pintaba para el truco, en una mesa para tomar su vermú diario.
-Lo que tenemos que hacer es unirnos todos los giles que laburamos para el Adolfo y dejar de lamerle el culo, enfrentarlo, decirle en la cara que no queremos estar cumpliendo horario en la ruta, no queremos que nos use de esa manera... nos rompemos la espalda descargando bolsas y paleando camiones para que él se lleve la torta- responde el Gordo poseído por la rabio e impotencia
-Pero que querés que haga, no puedo hacer nada- dice el del truco.
Un segundo más tarde, el Gordo avanza desde el mostrador -donde tenía un gancia frío y se apoya en su mesa. Todos volvieron la atención para allí. El ambiente estaba caliente. De pronto pega un puñete en la mesa y con suma violencia lo toma del cuello, lo eleva por el aire. Su silla se corre rápidamente para atrás chocando a Eugenio. En todo eso el cantinero intenta separar, pero era tarde. El Gordo enfureció y estaba dispuesto a hacerle entender a todos que los estaban dominando, que algo tenían que hacer. Era una fiera enjaulada. La primera piña le dio en su ojo izquierdo. La segunda en la boca. No hubo tercera ya que el cantinero hizo de botón y llamo a la policía minutos antes. El Gordo fue esposado y arrestado.
Al día siguiente Adolfo enterado de la situación y de lo que había dicho el Gordo fue hasta la comisaría y luego de hablar diez minutos con el policía, lo sacó.
Una vez en su auto Adolfo hizo de cuenta que no entendía la disputa de anoche y pregunto mientras bajaba la ventanilla para prender un rubio
-Che pero no me dijiste por que pelearon al fin -dice mientras gira su manubrio a la derecha-
-Nada, pasa que tomamos de más anoche y bueno nos fuimos a las manos por pavadas- dice el gordo intentando ocultar la causa
-Pero ¿por nada en especial pelearon? no se... una mina o algo de eso- haciéndose el tonto para ver cual era su respuesta preguntó el patrón
-Pero no, por nada siempre hubo pica pero ya pasó- responde
-Bueno es la última vez que te saco he! portate bien ahora ¿acá vivís no?- pregunta Adolfo pisando el freno justo en una casa blanca mal pintada y humilde.
-Si acá nomás en frente- Bajó del auto agradeciendo mientras su esposa lo esperaba con una sonrisa de alegría en la puerta.
El Gordo la abrazó con fuerza a la Marta y le dio un beso. Apenas la suelta ve que don Eugenio estaciona su bici verde en el cordón gris de su vereda.
-Hooo don Eugenio, ¿que anda haciendo por las casa? ¿Tan rápido se enteró que me largaron?- comenta el Gordo mientras quitaba Eugenio su boina y la sostenía apretándola con fuerza.
El viejo dio pasos tibios y llegó a la puerta donde se encontraba con la Marta abrazado.
-Es que debo hablar con usted. He pensado en lo que ha dicho y creo que tiene razón, por eso le vengo a la casa, para decirle que no podemos hacer lo que el Adolfo quiera... después de todo somos personas al igual que él- dice Eugenio con voz tibia y un gran temor esperando el apoyo del Gordo.
-Hooo Eugenio, usted sabe... el Adolfo me ha sacado de la cana. Que se yo, tengo que replantearme la situación ahora. Le debo una, ya no puedo ponerme en su contra, discúlpeme pero no lo puedo apoyar mas ¿que hubiese sido de mí si no me sacaba el Adolfo? capaz que me mandaban a Río Bravo y me daban meses de prisión. - dice el Gordo
Don Eugenio aceptó el último mate de la Marta y luego montó su bicicleta, colocó los broches y comenzó a pedalear hacia su lejano rancho, campo adentro.